Al preparar un primer Reporte sobre el
Estado de los Sistemas Judiciales en las Américas, CEJA ha iniciado un esfuerzo
considerable y de gran importancia. Los primeros resultados comparativos revelan,
sin embargo, que al realizarlo se encuentra con una dificultad metodológica de
gran envergadura: cómo medir o cómo evaluar el funcionamiento de los sistemas
de justicia.
Un enfoque útil es lo que el reporte
citado denomina “indicadores objetivos”. No obstante, saber qué presupuesto se
destina a la justicia en un país, cuántos tribunales funcionan en él o cuántos
jueces existen por cada cierto número de habitantes, equivale a algo así como
tomar una fotografía del paisaje. Ninguno de esos datos, u otros similares, nos
indican la calidad ni, menos aún, la utilidad de esa justicia en ese país.
El otro enfoque posible parte de
mediciones empíricas cuidadosas sobre el funcionamiento mismo del sistema;
algunas son de orden cuantitativo –cuánto dura un juicio o qué porcentaje de
sentencias son efectivamente ejecutadas, por ejemplo– y otras tienen un
carácter inevitablemente cualitativo: cuál es la calidad del producto que el
sistema de justicia ofrece. Desde este enfoque hay muy poco hecho, no sólo en
América Latina sino en la mayor parte del mundo. En estudios cuantitativos, en
unos cuantos países, sí se cuenta con un puñado de estudios, que generalmente
cubren alguna parte de la materia judicial y se han efectuado una vez, sin el
seguimiento que permita construir series históricas. Sobre el análisis de
calidad de sentencias, bajo el argumento insuficiente de que el tema es
complejo y sus resultados siempre son discutibles, casi no se ha hecho nada.
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Apuntes sobre el Estado de los sistemas judiciales latinoamericanos